Un vínculo de amor que dura para siempre

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En
muchas ocasiones, el desarrollo del niño durante los primeros años de
vida es estudiado como si se tratara de un ser aislado, capaz de
percibir, guiar y coordinar sus actividades motrices por sí mismo. Sin
embargo, no debemos dejar atrás el papel vital que tienen los padres en
este desarrollo, en especial la madre, ya que es ella quien cuida,
apoya y guía al niño durante gran parte de su vida, sobre todo durante
sus primeras etapas.

Cuando el médico corta el cordón umbilical del recién nacido, éste
queda sin ataduras físicas a su madre; sin embargo, se establece un
vínculo sicológico y emocional entre ambos, que durará toda la vida.
Mientras el cordón proveía todo lo necesario para el pequeño cuando
estaba dentro del útero, ahora el vínculo con su madre proveerá las
bases para el desarrollo social y afectivo del menor.

En el transcurso del primer año, la relación madre-hijo ocupa un
lugar primordial, aún y cuando en estos primeros meses de desarrollo
del niño la interacción no existe todavía como relación social. Como el bebé aún no es capaz de diferenciar su propio yo,
no puede percibirse como alguien diferente de su madre; ella, al
satisfacer las necesidades del menor y protegerlo contra los peligros
exteriores, es la intermediaria entre el bebé y el mundo exterior.

Como parte del desarrollo sano del niño, en esta etapa surge una
misteriosa comunicación entre el hijo y la madre, que permitirá a la
mujer percibir las emociones y necesidades de su bebé, que se
convertirán para ella en signos que podrá interpretar para responder a
ellas.

Esta comunicación también ayuda al lactante para registrar todos
las respuestas afectivas, conscientes e inconscientes, de su mamá.
Estas respuestas las hará suyas y por ellas determinará la calidad de
sus experiencias en estos primeros meses y orientará sus reacciones en
un proceso de comunicación más efectivo con su madre.

El contacto con el hijo durante las tareas cotidianas que supone su
cuidado, llevan al conocimiento del bebé, que reaccionará de manera
peculiar durante la alimentación, el baño diario, cuando duerme o al
momento de cambiarle los pañales, ya que cada niño es diferente; este
conocimiento ayuda a la madre a comunicarse mejor con el bebé.

Aunque la comunicación entre la madre y el hijo es básicamente no
verbal, ya que el niño es incapaz de hablar o entender lo que le dice
su mamá, son trascendentes la manera en que la madre carga al niño, lo
acuesta, lo arrulla en sus brazos y lo alimenta, pues las palabras no
tienen significado para el bebé. El calor del cuerpo materno, sus
caricias, cuidados, olor y tono de voz significan todo para él y serán
la base para un desarrollo afectivo armónico.

Esta comunicación es clave en el desarrollo del vínculo madre-hijo. Vínculo
de amor y cuidados que ayudan a los niños a convertirse con el tiempo
en individuos adultos, sanos, independientes y positivos para la
sociedad

(Donald Winnicott, 1993).