Una canción cambió mi sentido de la Cuaresma

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Hace ya bastantes años, recuerdo que en cierta ocasión  cuando se acercaba el tiempo de Cuaresma, mi madre me animaba a que fuera a unas pláticas cuaresmales que se organizarían en la parroquia. Me preguntaba:
-¿Por qué no te decides a asistir?
Como el típico adolescente rebelde le respondía:
-Porque son muy aburridas y asisten sólo “viejitos”. ¡Mejor, yo paso!
-Pero también estarán muchachos de tu edad. Además van a ir compañeros tuyos de la escuela. –volvía a la carga.
Así que, finalmente y de mala gana, decidí asistir. Para mi sorpresa, cuando llegué, la iglesia estaba completamente abarrotada y, en su mayoría, con gente joven. Con dificultad localicé un lugar en la última banca.
No contaba con que aquel sacerdote era un estupendo predicador. De inmediato captó mi atención porque contaba anécdotas divertidas y edificantes, sucesos amenos y lo que “me ganó” fue que se sabía de memoria algunas letras de mis canciones favoritas.
Tengo grabada en la memoria que una de esas pláticas giró en torno a la canción “Sombras” del entonces popular cantante de música ranchera y de boletos, Javier Solís. Decía la melodía: “Sombras nada más, entre tu vida y la mía/ sombras nada más, entre tu amor y mi amor”.
Y aquel sacerdote reflexionaba en voz alta:
-¿Por qué a veces nos distanciamos tanto de Dios y pasan meses y meses y no lo frecuentamos? ¿Por qué tu vida se reduce a sombras y penumbras en tu trato con el Señor cuando podría ser, si te lo propusieras, un permanente diálogo de un hijo con su Padre, de amigo a Amigo?
Aquella meditación tuvo en mí la fuerza de una “bomba expansiva”. Porque  no me esperaba que a partir de aquella melodía que tanto me gustaba, el presbítero le sacara un provecho espiritual hasta entonces insospechado para mí.
Y yo concluía para mis adentros:
-Este sacerdote tiene toda la razón. Mi trato con Dios es frío, distante, lejano. ¿Por qué no me decido a cambiar de verdad? Además, basta con que yo me decida –y que me ayude el Señor- para que logre ese acercamiento con Él. De mí depende, en buena parte.
Y, en efecto, mi trato con Dios mejoró notablemente gracias a esas pláticas cuaresmales, a aquel simpático predicador y a la insistencia de mi madre.
¿Por qué digo esto? Porque la Cuaresma nos conduce a la celebración de la Pascua. Y en el reciente mensaje del Papa Benedicto XVI, sobre este tiempo litúrgico, nos recomienda las prácticas tradicionales como: el ayuno, la limosna, la oración, meditar la Pasión de Cristo y, por supuesto, los ejercicios espirituales, también llamados cursos de retiro espiritual.
Me gustó de modo particular este pensamiento del Papa: “Soportando la privación de alguna cosa –y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro ‘yo’, para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos hermanos”.
Sin duda, una de las  mortificaciones que más valora el Señor son aquellas orientadas a servir más y mejor a nuestro prójimo. Que muchas veces comienza por un cambio personal interior de vencer, por ejemplo, nuestro mal carácter, nuestras impaciencias, el sonreír a quien lo necesita, escuchar con atención a una persona mayor cuya conversación  quizá no nos interese demasiado, llevar con paciencia los defectos de los demás, adelantarnos en el gustoso servicio –por ejemplo- en los detalles materiales que hacen más agradable la  vida de familia en el hogar, en la cotidiana actividad y así en tantas cosas más…
A veces pensamos que el agradar a Dios durante la Cuaresma se centra exclusivamente en hacer  grandes penitencias  o en una oración profunda y elevada,  cuando tantas veces los que conviven a nuestro lado (en la familia, en la oficina…) están esperando ese detalle de caridad y de servicio, quizá pequeño y ordinario, pero de antemano sabemos que ¡valoran tanto!
Recuerdo a un amigo que cuando le contaban un buen chiste, de inmediato lo anotaba. Le pregunté por qué tenía esa costumbre. Me respondió con prontitud:
-Muchas veces tengo que visitar a familiares y amigos enfermos, tristes o con algún padecimiento crónico. Me parece que la mejor forma de vivir la caridad es llevarles un rato de alegría, contándoles  chistes divertidos y contagiarles de buen humor.
¿Habías pensado, amigo lector, que también la Cuaresma tiene esa dimensión de llevar la alegría de Cristo a los demás?