La unidad

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La unidad

“Vivían unidos y todo lo tenían en común...” (Hch 2, 44)

Cuando queremos vivir como auténticos discípulos de Jesús volvemos los ojos hacia los primeros cristianos, ya sea en los Evangelios o en los Hechos de los Apóstoles. Su ejemplo nos alienta aunque a veces parece sobrepasar nuestra realidad. A mí me tocó vivir un episodio que parecería sacado de los Hechos de los Apóstoles en un pueblo al sur de la ciudad de México.

Habíamos tomado muy en serio eso de vivir una auténtica comunidad y no nos dábamos cuenta de lo que Dios había logrado en nosotros hasta que una familia muy querida padeció una desgracia. Desde hacía muchos años habitaba en una casona vieja cuya renta era barata. El matrimonio era muy trabajador, pero muy pobre y con muchos hijos; cada uno de ellos era un verdadero tesoro de cuyo valor se enriquecía nuestra parroquia.

De pronto les pidieron la casa porque en ese lugar se construiría un conjunto habitacional. Contaron sus penas al consejo parroquial y sucedió el milagro de la caridad real: un viejo nativo del pueblo ofreció un pedacito del terreno de su casa para que allí se construyera una que él tomaría a cuenta de renta. Un grupo de jóvenes se ofreció a edificar la casita. Entre los demás miembros del consejo se ofrecieron a dar el material y hubo quien se encargó de conseguir los permisos necesarios en la delegación. Muy pronto pudimos visitar a nuestros amigos en esa casita que era un signo de la unidad de la comunidad.

Desde entonces estoy convencido de que sí es posible formar una comunidad y vivir los ideales cristianos. Todo lo podemos porque es Dios quien da las fuerzas.

“Para que sean uno...” (Jn 17, 11)

La unidad era el ferviente deseo de Jesús y por ella hacía oración a su Padre. Nos quería uno. Pero nosotros no supimos ser uno. Le dimos la espalda al Espíritu Santo que es Espíritu de comunión y, llenos de soberbia, dividimos la Iglesia Una y ahora sufrimos nuestra falta de testimonio. Nos duele. Nos duele a todos, a católicos y a no católicos. Por eso pedimos constantemente al Padre de Jesús que seamos uno en ese movimiento nacido, indudablemente del Espíritu Santo, que se llama ecumenismo. Poco a poco vamos avanzando en busca de la unidad.

“Que se pongan de acuerdo para que no haya divisiones entre ustedes” (1 Cor 1, 10)

La desunión es un mal testimonio entre cristianos. La parroquia es la expresión de la Iglesia más cercana a la casa de los hombres. Podemos asistir a ella como espectadores o podemos pertenecer a ella como miembros activos y, entonces, seremos la comunidad parroquial. El mundo espera de nosotros un testimonio claro de unidad. La unidad nace del amor. Desde luego del amor a Dios por quien renunciamos al desmedido amor a nosotros mismos y buscamos su voluntad, pero también del amor a los demás miembros de la comunidad con quienes convivimos y trabajamos.

Si existe rivalidad entre dos grupos, ¡falta amor! Si hay protagonismo de un líder, ¡le falta amar! Si el sacerdote no escucha, ¡le falta amar! Somos de Cristo y a Él es a quien, unidos, buscamos.

“El que ama a su mujer, a sí mismo se ama” (Ef 5, 28)

Si la unidad es una de las notas características de la Iglesia, ¡cómo no ha de serlo también de la familia que es la Iglesia doméstica!

Por el sacramento del Matrimonio los esposos dejan de ser dos y comienzan a ser una sola carne, unidos por la única cadena legítima: la del amor. Si los esposos se aman y se respetan, tendrán una familia unida en el amor. Indudablemente la mejor educación que se puede dar a los hijos es el testimonio de unidad de los esposos.

Rompe la unidad familiar, desde luego y en primer lugar, la infidelidad conyugal, el adulterio, que se considera en las Sagradas Escrituras como un pecado gravísimo, porque los esposo son signo del amor de Dios que es fidelísimo.

Pero también rompemos la unidad familiar cuando damos preferencia a otras cosas, incluso buenas, sobre la familia.