¿Vale la pena defender la vida?

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¿Vale la pena defender la vida?

Cada vez hay más legislaciones que se van decantando por la despenalización del aborto, por la promoción de medidas jurídicas que permitan la unión de personas del mismo sexo, lesionando el papel de la familia, y por la regulación de la eutanasia como derecho. Todos ellos son atentados contra la vida en su inicio, en su desarrollo o en su término natural. El panorama, muchas veces desalentador, nos hace preguntarnos con seriedad, ¿sirve de algo ir contra esa corriente que ve al ser humano como un objeto y no como un sujeto?

Fijemos nuestra atención solamente en los casos que van contra la vida humana en su inicio. Recientemente, en el Reino Unido, la ficción se ha hecho realidad una vez más con la ley que permite crear embriones humano-animales para la experimentación. Es verdad que la misma ley establece un tiempo de vida tras el cual deben ser eliminados los embriones, pero el hecho hace repetirnos una vez más la pregunta, ¿todo lo técnicamente posible es éticamente válido?

Cada vez es menos frecuente encontrarse con niños down por las calles. En los países más desarrollados, si no están ya extintos, están al borde de la extinción. La maravillosa oportunidad de conocer el estado de un bebé antes de nacer, degeneró en selección de quién debía ver la luz del mundo y quién no tuvo esa oportunidad.

Existen dos modos antitéticos de valorar al hijo. Uno consiste en verlo como coronación del amor consumado en la unión sexual entre los padres. Otro es convertirlo en el producto de un capricho a través de la fecundación asistida.

Frente a todo esto nace una vez más la pregunta, ¿vale la pena defender la vida? Y la respuesta, pese a los pocos ánimos que da el panorama, pese al triste y decepcionante espectáculo que se constata en muchas partes, es que sí. 

Vale la pena defender al ser humano que lo es desde el momento de la unión entre el óvulo y el espermatozoide, a ese ser humano individual y autónomo distinto a la mujer que lo lleva en el vientre y que se desarrolla continua y gradualmente. Frente a quienes exigen decidir sobre el propio cuerpo, defendemos el derecho a no violentar el cuerpo del otro, menos aún si más que violencia necesita protección.

Vale la pena defender al ser humano aunque sus características físicas y mentales, incluso ya conocidas por sus padres antes de nacer, no sean las mismas que el común de la humanidad. Y es que la felicidad no depende de la perfección física del cuerpo o del nivel de inteligencia, sino de la capacidad de ser amado y de amar que desarrollará a lo largo de su existencia. Una incapacidad no es una condena que impida la vida y el hombre no es nadie para decidir quién vive y quién no. Eso supondría una desigualdad. 

Vale la pena defender al ser humano porque la vida humana proviene naturalmente del amor expresado dentro del matrimonio. El deseo de un hijo no genera el derecho a tenerlo. Un hijo es un sujeto, no un objeto. Es persona, no cosa. Nadie tiene un derecho absoluto e incondicionado a tener un hijo, ya que ninguna persona es debida a otra como si fuera un bien instrumental. 

Vale la pena defender al ser humano porque los científicos tienen el derecho a investigar, pero nunca poniendo en juego la vida de otros o atentando contra la dignidad humana. Los derechos de unos no valen más que los de otros. El verdadero progreso ayuda al hombre a realizarse y construir una sociedad más justa, jamás fomentará la desigualdad ni subordinará el uso de seres humanos al poder de otros.

Vale la pena defender al ser humano porque somos humanos y la vida del otro no nos puede ser indiferente. El derecho más fundamental es el de la vida, de él se desprenden todos los demás. 

Defender la vida significa también defender la familia natural basado en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Ahí se aprende a aceptar, cuidar y respetar la vida. Y es que la persona vale por “ser humano”, no por sus cualidades. En la familia se aprende a valorar a cada persona por sí misma y no por lo que hace o para lo que sirve.