El valor de no saber mentir

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Nos gusta que nos vean bien y, obviamente, no nos gusta reprobar. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance, incluyendo copiar, por no aparecer en la lista de repeticiones. Es un fin, aparentemente, bueno, pero que no refleja lo que hemos asimilado. Copiando no somos auténticos y, mucho menos, honestos. ¿Es útil hacerlo? Aparentemente sí; te sacan provisoriamente de un problema. Pero a la larga es muy peligroso y problemático.

¿Acudirías a un abogado que sacó la carrera copiando? Seguramente que no. De igual manera no pedirías consejo a un médico o a un psicólogo que está en las antípodas de los conocimientos que debería poseer como frutos de sus estudios. Estudiar supone esfuerzo pero nos hace ser auténticos. Estudiando expresamos lo que somos, nuestra autenticidad, en el examen que un día será nuestro bagaje para la vida.

La gran muralla china, única construcción humana visible desde el espacio, se ha impuesto a los siglos por ser el resultado de talento intelectual y trabajo manual.

La torre Eiffel está de pie porque detrás de ella hay mucho más que un cúmulo de vigas de acero inmortalizados por el hecho de ser el símbolo de la capital del amor.

El monumental edificio Taipei 101, de 508 m, en Taiwán, o la CN Tower de 553.33 m, la más alta del mundo, en Canadá, acarician el cielo con admirable esbeltez porque son obras de la ingeniería humana, porque son el resultado del progreso fraguado por la técnica y la ciencia: manifestación del esfuerzo del cerebro formado en la escuela de la autosuperación.

La muralla china, la torre Eiffel, el Taipei 1001 o la CN Tower no hubieran pasado a la historia si a la semana de construidas se hubieran caído por no estar bien diseñadas: una lluvia se hubiese llevado los enormes adobes orientales, una ventisca cualquiera hubiera reducido la Eiffel a un montón de acero desordenado y una sismo insignificante hubiese cortado ese afán de construcciones verticales en los edificios de las ciudades cosmopolitas.

Algo similar sucede en otras ramas del saber. En la medicina no se da la penicilina para todas las enfermedades. Para el dolor de cabeza no es útil lo que es necesario para la diabetes. A ningún enfermo de muelas le hacen la quimioterapia, ni a ningún niño le llevan al geriatra como a ningún anciano al pediatra.

Son puntos aparentemente supuestos pero cada vez con mayor frecuencia te vas encontrando con que hay profesionistas titulados (médicos, arquitectos, ingenieros, etc.) que están en la prehistoria de su carrera. No es más que el reflejo de necesidad de algunas virtudes: la autenticidad y la honestidad. Autenticidad que es reflejar lo que se es y honestidad que es el esfuerzo por corresponder diariamente a ese reflejo.

Para poseer la autenticidad y la honestidad debemos aceptarnos; recibir y asumir como propias una existencia y unas condiciones de vida: familia, sexo, nación, capacidad intelectual, voluntad… Hemos de aceptar la vida con sus implicaciones, orientándola hacia el ideal adecuado y realizando toda una serie de valores que nos instan a darles vida…

¿De qué nos sirve tener el título de contador, químico o enfermera si apenas entrar en contacto con el trabajo echamos a borda la fábrica, confundimos análisis de pacientes o ponemos ácido sulfúrico en lugar de suero? Si respondemos a este llamado de los valores, nos hacemos responsables, honestos y auténticos.