Valor y actualidad del martirio

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El pasado 31 de octubre tuvo lugar una horrible tragedia en Irak: 46 fieles católicos fueron asesinados en la Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Bagdad. A partir de esa fecha los atentados contra la minoría cristiana han ido sucediéndose continuamente; al redactar esta nota me encuentro con que hace pocas horas otros dos cristianos fueron asesinados a sangre fría dentro de sus casas por extremistas islámicos. Se calcula que alrededor de 1960 cristianos han sido asesinados en Irak desde la caída de Saddam Hussein, lo que ha provocado un éxodo masivo de ellos.

A veces al pensar en los mártires podemos tener una especie de idea “romántica”: Coliseo, leones, Nerón y otros emperadores romanos; pero en definitiva, se trataría de una reliquia del pasado. La trágica actualidad nos muestra que no es así.  El martirio, dar la vida por la fe, o morir en odio a la fe sigue siendo una dolorosa realidad contemporánea, dolorosa y esperanzadora –con sentido sobrenatural- ya que al decir de Tertuliano, “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

Sin embargo, en la época de Tertuliano el martirio gozaba de un prestigio particular: la gente deseaba ser sepultada cerca de los restos de los mártires, alrededor de cuyas tumbas se arremolinaban otros cristianos para estar en contacto con uno que se había identificado con Cristo hasta derramar la sangre por Él. No era extraño que muchos cristianos, transidos de fervor, desearan ser mártires, como lo habían sido parientes cercanos suyos: San Pancracio lo consiguió, Orígenes no, pero fue torturado, llegando en algunas épocas al extremo de que muchos fieles “provocaban” el martirio –es decir, iban a donde sabían que los asesinarían por odio a la fe- lo que motivó la intervención de la autoridad eclesiástica para impedir ese exceso: se debe hacer todo lo posible para conservar la vida, don de Dios que no es justo exponer imprudentemente.

Ahora sin embargo el testimonio del martirio es más urgente y necesario. El hecho de que tantos decesos de cristianos pasen casi desapercibidos o dejen indiferente a la comunidad internacional es preocupante. Los cristianos de la actualidad estamos demasiado absorbidos por nuestras pequeñas preocupaciones burguesas o por satisfacer un sinnúmero de placeres y caprichos, no nos interesa escuchar de noticias sangrientas provenientes de lejanos lugares. No sólo el sentido de solidaridad y pertenencia se ha debilitado entre los cristianos, sino también la percepción del valor de la fe.

El martirio en efecto nos recuerda que la fe es un valor muy grande, tanto que si una persona se encuentra en la disyuntiva de elegir entre su fe o su vida, la elección correcta y heroica es la de la fe. Cuando para muchos fieles se ha perdido el fervor y la frescura de la fe, de forma que ésta se convierte en un “accesorio incómodo”, el testimonio de los mártires puede  suscitar un sano despertar en la conciencia de los fieles.  Bastantes cristianos poco a poco han ido relegando a la fe en su escala de valores, que cede paso a otros como la vida, la salud, la belleza, la fama, el éxito… se deja entrar a la religión solo si queda todavía espacio libre en el corazón del hombre contemporáneo.

Estamos demasiado preocupados por problemas domésticos, por la violencia que se encuentra a la vuelta de la esquina,  eso nos insensibiliza para “sentir con” nuestros hermanos en la fe que sufren y nos recuerdan que nuestra religión es un tesoro. Sería triste que contempláramos indiferentes su tragedia, que no nos sintiéramos involucrados, solidarios con ellos, que no nos impulse el testimonio de su vida a hacer un hondo examen sobre el papel de la fe en la nuestra, y rejuvenecer así las raíces roídas o congeladas de nuestras creencias.