La ventana sigue abierta

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La ventana sigue abierta

Sábado, 2 de abril de 2005, víspera del Domingo de la Divina Misericordia. La plaza de San Pedro está llena de gente en oración. Las miradas se dirigen, una y otra vez, hacia las ventanas de las habitaciones papales.

Acaba el primer rosario. Se encienden las luces de los apartamentos del Papa. Son cerca de las 9.30 de la tarde. Pocos minutos después llega el anuncio a la plaza y al mundo: Juan Pablo II acaba de morir.

Emoción, lágrimas, abrazos. En los estudios del primer canal de la televisión italiana, entre los jóvenes presentes cruza un escalofrío. Una chica, después de la noticia, rompe el silencio: “Juan Pablo II no ha muerto. Sigue entre nosotros, sigue a través de nosotros”...

Los días siguientes son una continua marea humana. Miles, millones de personas de Europa y de otros continentes quieren pasar unos segundos ante el féretro. La policía hace milagros para limitar las tensiones y los cansancios de quienes caminan lentamente, a veces más de 12 horas, en filas interminables.

El viernes 8 de abril se celebra el funeral. Están presentes personalidades de todo el mundo. Una marea humana desea mostrar lo mucho que Juan Pablo II había hecho por todos. Preside la misa el Cardenal Joseph Ratzinger. Resume la vida del Papa Wojtyla con el “sígueme” que Jesús dirigió a san Pedro. Un “sígueme” que pronto escuchará el mismo Cardenal Ratzinger cuando sea llamado en el cónclave a servir a la Iglesia como sucesor de Juan Pablo II.

Al final de su homilía, Ratzinger expresa lo que todos llevaban en sus corazones: “Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre”.

Ha pasado un año desde aquellos momentos cargados de emoción. La historia, para los cristianos, está siempre en las manos de Dios. Los hombres ponemos nuestro grano de arena. El “resto” (lo más importante) lo hace el Espíritu Santo.

Juan Pablo II puso un grano enorme, dejó una herencia formidable. Con sus discursos, con sus 14 encíclicas, con el Catecismo de la Iglesia Católica, con los Sínodos de los obispos, con los viajes por casi todo el mundo. También con su sufrimiento, llevado hasta el final, como parte del “sí” que dio a Cristo cuando escuchó el “sígueme”, cuando fue invitado a navegar en otros mares.

El sufrimiento del Papa Wojtyla enseñó, seguramente, mucho más que sus palabras y sus escritos. Lo reconocía él mismo después del atentado del 13 de mayo de 1981, al dirigir, desde el hospital, las siguientes palabras: “El sufrimiento, aceptado en unión con Cristo que sufre, tiene una eficacia insuperable para la actuación del designio divino de la salvación” (mensaje radiofónico, 24 de mayo de 1981).

Lo repitió después de la fractura ósea que le obligó a estar 4 semanas en el hospital Gemelli, el año 1994: “He comprendido que debo llevar a la Iglesia de Cristo hasta este tercer milenio con la oración, con diversas iniciativas, pero he visto que no basta: necesitaba llevarla con el sufrimiento, con el atentado de hace trece años y con este nuevo sacrificio... Por medio de María quisiera expresar hoy mi gratitud por este don del sufrimiento, asociado nuevamente al mes mariano de mayo. Quiero agradecer este don. He comprendido que es un don necesario” (palabras antes del Angelus, 29 de mayo de 1994).

Lo quiso decir, ya sin palabras, cuando se asomaba desde su ventana para mirar a las multitudes pocos días antes de su muerte. Especialmente el domingo de Pascua, 27 de marzo de 2005, cuando intentó, inútilmente, acompañar con palabras la bendición “Urbi et Orbe”.

Ha pasado un año. Juan Pablo II, el Grande, partió a reunirse con el Padre. La ventana de los cielos sigue abierta. Desde ella, con su mirada llena de esperanza, con su sonrisa y su empuje incansable, nos bendice nuestro querido Papa Wojtyla. “Sí, bendíganos, Santo Padre”.