Verbum Domini

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Hace aproximadamente un año concluía el sínodo sobre “La Palabra de Dios”, en el cual obispos de todo el mundo se reunieron en torno al Papa para reflexionar sobre el papel de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia en general y de cada fiel cristiano en particular. Recientemente se publicó la “Exhortación Apostólica Post-Sinodal Verbum Domini”. Otros sucesos eclesiales más perentorios han deslucido probablemente la presentación del texto, fruto maduro del espíritu colegial que anima a la Iglesia y del magisterio pontificio. La consagración sacrílega de un obispo en China y la confusión suscitada sobre el preservativo en el reciente libro del Papa, han opacado la publicación de un texto que seguramente está llamado a trascender la fugacidad del momento presente, por encauzar la vida de la Iglesia.

17 años después de la publicación de “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” por parte de la Pontificia Comisión Bíblica surge este texto, que a diferencia del anterior, goza de carácter magisterial, es decir, forma parte de la enseñanza oficial y autorizada de la Iglesia y del Papa. Junto con la constitución dogmática “Dei Verbum” del Concilio Vaticano II, forman los tres documentos como un tríptico a través del cual comprender mejor la Sagrada Escritura.

Es muy rica y exhaustiva la enseñanza de “Verbum Domini”, por el momento no pretendo hacer propiamente una “presentación” del libro, que supera las posibilidades de un breve artículo. Solo quiero sacar a colación tres aspectos que son interesantes, gozan de actualidad, y pueden invitar a adentrarse directamente en su lectura. En primer lugar “Verbum ominii” explica cómo la Sagrada Escritura es un “libro” –mejor, un conjunto de libros- para ser leído dentro de la Iglesia, es decir, desde dentro de una comunidad creyente, bajo pena, dicho lisa y llanamente, de no entender nada. En efecto, la Biblia surge en el seno de una comunidad creyente: primero el pueblo de Israel, para el Antiguo Testamento, y posteriormente la Iglesia, para el Nuevo. Por lo anterior no tiene ningún sentido prescindir de los dos sujetos históricos depositarios de la Revelación: los judíos y la Iglesia. En este sentido es muy ilustrativo el parágrafo dedicado a subrayar la continuidad y armonía –sin negar las divergencias obvias- entre la exégesis hebrea y la cristiana de los textos sagrados.

El segundo paso es comprender cómo el lugar “predilecto” por decirlo de alguna forma, de la proclamación bíblica es la liturgia. En efecto, es ahí donde se manifiesta más plenamente como letra viva y presente, no como texto erudito, o del pasado, ni como mero refugio intimista. Tras subrayar la armonía que debe existir entre exégesis y espiritualidad, mostrando como lo humano y lo divino, la fe y la razón se unen admirablemente, se muestra cómo es precisamente en la liturgia donde todos estos elementos confluyen, dándole plena actualidad a la Palabra de Dios, que se ofrece así como alimento de la Iglesia: Dios habla en el “hoy” de la celebración y se hace presente.

El corolario evidente es subrayar –como de pasada, no es el sentido del texto pontificio- la insuficiencia de la interpretación fundamentalista. Ésta última adolece de una insuficiencia histórica y literaria acendrada. En efecto, al subrayar excesivamente el carácter divino de la Escritura, olvida el elemento humano e histórico que interviene en la formación de la misma, y que Dios no sólo no ha rechazado, sino que se ha servido de él. En definitiva se trata de una ignorancia simplista del modo tan admirable del proceder divino, que aúna armónicamente lo humano y lo sobrenatural. La exégesis fundamentalista está más cercana, por decirlo de alguna forma, a la interpretación islámica del Corán: como si la Biblia fuera palabra dictada directamente por Dios y se generara en un laboratorio aséptico cultural e históricamente, lo cual a todas luces, por lo menos en el caso de la Biblia, no es así. No respetar la verdadera naturaleza del texto sagrado promueve –así lo evidencia la “Verbum Domini”- “interpretaciones subjetivas y arbitrarias… abriendo el camino a instrumentalizaciones de diversa índole, como, por ejemplo, la difusión de interpretaciones antieclesiales de las mismas Escrituras”. Es por ello que “la verdadera respuesta a una lectura fundamentalista es la lectura creyente de la Sagrada Escritura. Esta lectura, practicada desde la antigüedad en la Tradición de la Iglesia, busca la verdad que salva para la vida de todo fiel y para la Iglesia. Esta lectura reconoce el valor histórico de la tradición bíblica. Y es justamente por este valor de testimonio histórico por lo que quiere redescubrir el significado vivo de las Sagradas Escrituras destinadas también a la vida del creyente de hoy”.