¿Y Dios?

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Como en el tsunami que arrasó Sumatra en 2004, muchos periodistas y conductores lanzan preguntas —dizque sarcásticas, dizque sesudas-—como ésta que escuché en la radio: ¿Y dónde estaba Dios el pasado martes 12 de enero, cuando un sismo se cobró más de cien mil vidas en Haití?

Lo que más aburre de los ateos es que siempre están hablando de Dios, decía Chesterton. Son ateos no por convencimiento, sino por incapacidad. Dios estaba donde siempre: en el centro del mundo, amando a su criatura, llorando su desazón y su sufrimiento. No es un castigo divino lo de Puerto Príncipe y otras ciudades haitianas. Es, una vez más, el resultado de la injusticia humana.

Haití ha sido botín de las grandes fuerzas coloniales (España y Francia) y luego un campo de maniobra y explotación de Estados Unidos. Ha tenido una sucesión de gobiernos despóticos como los Duvalier (Papa Doc y Nené Doc), alentados y protegidos por Estados Unidos, y, finalmente, los pobladores de la isla han sido sometidos a un brutal proceso de empobrecimiento que hace que Haití ocupe el lugar 128 entre las economías del mundo, con un promedio de ingreso por persona de apenas mil 614 dólares al año (21 mil pesos).

Hace poco, quedé estupefacto al saber que la «dieta» principal de los niños haitianos consistía en galletas hechas de manteca vegetal, sal y... lodo. Puerto Príncipe es una ciudad de turismo sexual y la producción maderera de Haití ha sido acaparada por los amigos del gobierno. En lo que respecta al Índice de Desarrollo Humano, Haití ocupa el lugar 150 de un total de 175 países en la Tierra. Las violaciones a los derechos humanos son moneda cotidiana, y las matanzas, tan crueles como aquellas de 2004, cuando cayó Aristide del poder...

Dios, desde luego, no estaba en la maquinaria que desde el siglo XVI funciona contra los haitianos. Ha sido la ambición, la avaricia y la ausencia de solidaridad lo que ha hecho de Haití la nación más pobre del hemisferio occidental. «Donde está el amor ahí está Dios», dice una letanía litúrgica. En Haití ha habido más de cinco siglos de desamor acumulados. Y el pasado martes 12 explotó su miseria, cobrándose miles de vidas inocentes.