Yo fui masón

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Yo fui masón

Así te titula el libro de Maurice Caillet que –según Alfa y Omega- ofrece un testimonio que nadie se ha atrevido a contar: “Desvela los secretos de la masonería, sus rituales, normas de funcionamiento interno, juramentos y, sobre todo, confirma sus redes de influencia en la política y en la economía, a base de corrupción y de clientelismo, tanto más sospechosa y cuestionada cuanto más presume, falazmente, de humanismo y de tolerancia. Hasta ahora, Caillet es el único exmasón vivo que sale a la luz pública. No se guarda nada, ni siquiera la decisiva influencia de la masonería en la elaboración y aprobación de leyes como la del aborto en Francia, en la que él, como médico, participó activamente; o sobre cómo deciden el ascenso de los masones funcionarios”. ¿Cómo comienzan tales ataduras?: con la iniciación, y el misterio de tapar los ojos y pasar por lugares desconocidos, en profundidades de un edificio, que le recordaba que “en las sociedades consideradas primitivas el joven, antes de ser iniciado y admitido entre los adultos, tiene que pasar largas horas solo en una cabaña oscura, aislado en el bosque, donde no le llega ningún eco de la tribu. Seguramente para experimentar la imperfección del hombre aislado y su angustia y, más adelane, apreciar mejor el calor del consuelo del grupo con el que vuelve a encontrarse”; relata los típicos elementos gnósticos de estas sociedades, como cuando le pusieron ante 3 vasos con sal, sulfuro y mercurio: “significaban que iba a descubrir la Piedra Filosofal, el secreto de la vida, la Panacea Universal, el Conocimiento, ocultado para algunos y revelado a otros, que había ido a buscar”. 

Lo que más impresiona es la insistencia en que vendrá la muerte si revelan algo, todo ha de quedar como secreto; le dicen con espada en pecho: “-Señor, esta espada que siente en su pecho siempre está dispuesta a blandirse para castigar el perjuro. Simboliza el remordimiento que desgarrará su corazón si traiciona a la orden en la que desea ingresar”, y más tarde al darle a beber: “Señor, que este brebaje sea para usted el símbolo de la amargura y del remordimiento que daría en su corazón la ruptura de sus compromisos, el perjurio que podría mancillar sus labios”. Por supuesto se habla de liberarse de toda superstición y se usa una liturgia –fantasmagórica- tomada de cosas religiosas pero vaciada de contenido, incluso palabras de Jesús (sin decir la autoría); luego, más espadas: “-Hermano, estas espadas están aquí para recordarle las sanciones que su perjurio podría acarrear; pero también para que sepa que los hermanos de esta logia están dispuestos a defenderle”…y también se promete dar la vida por los demás aunque luego cuando el autor disiente de la actuación de otro que le fastidia la carrera profesional, y quiere defenderse ante la ley, le amenazan de muerte… por cierto, que en este rito de Aprendiz (con las pruebas que hay que superar) le queman con fuego el brazo, para “garantía de la fidelidad y de la firmeza de sus compromisos”…  hay otros signos como los modos de reconocerse entre “hermanos”, la escuadra, nivel y perpendicular que significa “que prefiero que me corten la cabeza antes de revelar los secretos que me han sido confiados… escuadra que parte del pecho, significando que estaba dispuesto a que me arrancaran el corazón antes que traicionar el secreto”. También la hoja de acacia “que podría llevar en la solapa para ser reconocido por mis hermanos”. Y se hace todo “en nombre del Gran Arquitecto del Universo”. Luego cuenta como le ayudaron en un juicio a través de un juez masón que se interesó, y otras cosas que le iban “comprando” e iba convirtiéndose en Maestro, y tenía que ir repitiendo: “antes la muerte que violar el secreto que me ha sido confiado”. Explica detalles de la política como de “nuestro hermano Salvador Allende”, o cómo Giscard d’Estaing “tuvo como consejero personal a Jean-Pierre Prouteau, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia” y cómo se elaboró la ley del aborto con algunas de esas influencias. “Hay que decir que la llegada de François Mitterrand al poder, con una docena de ministros francmasones, desencadenó numerosas solicitudes de admisión en las logias”. También se ve la relación con cosas esotéricas: “se estimulaba el pensamiento positivo, persuadiendo a los adeptos de que pueden obtener todo lo que desean visualizando los resultados previstos”, lo que hoy vemos en el best-seller “El secreto” y sus “proyecciones”. Otro aspecto es “el machismo de la masonería, exclusivamente masculina durante más de dos siglos”. 

Todo acabó cuando al no doblegarse ante una intimidación de un superior: -“Maurice, ¡eres un hombre acabado!” y sufrir un interrogatorio algo nazi, sin enseñarle las pruebas acusatorias, se convirtió en cabeza de turco. Con la “guillotina” sobre su cabeza no se doblegó, y al mirar al jefe masón “ya no le vi con los mismos ojos que antes: el encanto se había roto, la seducción había terminado… me daba cuenta de que yo mismo había sido, durante años, víctima de aquella fascinación… comprendí que se trataba de un acoso moral”, y a partir de ahí –y del paso por Lourdes- comienza la “transformación”, un camino inesperado que pasa por “el efecto curativo del canto de algunos salmos”, la tolerancia de hombres de Dios que no participan de “esa visión maniquea de la humanidad que viene a decir ‘los buenos somos nosotros, los malos son los demás’”, y con esa confianza en Dios, “porque mientras somos probados no sabemos ver el plan que Dios tiene para nosotros. Porque Dios no abandona nunca a sus hijos”, y cuando todo parece salir mal –es cuando conecta con la renovación carismática- llegaron al fin las alegrías y las gracias a su vida, la auténtica Luz.